DISCURSO PRONUNCIADO EN LA COLOCACION DE GRADOS HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE SORBONA, PARIS, FRANCIA, 14 de Enero de 1999
Señor Rector:
Créame, señor Rector, que no es en cumplimiento de supuestas formas protocolares que le expreso que este momento es uno de los más emocionantes de mi vida.
La Universidad de La Sorbona goza de un prestigio de tal naturaleza que siempre ha constituido una especie de lugar de peregrinación para los inclinados al amor por la ciencia, las artes y las humanidades.
El prestigio de esta institución, sin embargo, no reside en la calidad de sus instalaciones o en la modernidad de sus laboratorios. Reside en su espíritu, mantenido hasta nuestros días desde los tiempos en que Abelardo, allá en la Edad Media, congregaba en las colinas de Santa Genoveva a más de 5,000 estudiantes, sin más techo que el cielo de París, al rumor de la brisa del Sena.
La República Dominicana nació a la luz de las instituciones inspiradas en el derecho público y las ideas políticas que se concibieron y se hicieron realidad en la Ile de France. Desde estas tierras se irradió hacia el mundo el humanismo y la creatividad práctica que han caracterizado siempre a los hijos de Bodin, de Rousseau, Montesquieu y de los extraordinarios jurisconsultos que fusionaron las costumbres del Mediodía de Francia y el Derecho Romano para legarnos los monumentales códigos napoleónicos
El nombre de La Sorbona ha sido señalado siempre como la máxima aspiración de los que cultivan el intelecto en nuestro país. A pesar de que la Universidad de Santo Domingo tiene el alto honor de ser la primera universidad del Nuevo Mundo, desde el siglo pasado, los más prominentes profesionales de las ciencias médicas y del derecho con que ha contado nuestro país se han formado en las facultades de esta Universidad de París. Para ellos, ni las enfermedades tropicales ni los entretelones del enredo judicial ofrecían dificultad alguna.
Habían recogido en las aulas de La Sorbona el extracto más puro de la ciencia y la certeza más preclara de la justicia y el humanismo.
Venir a París y visitar a La Sorbona constituye un acontecimiento inolvidable. Haber pasado por sus aulas, un privilegio sin límites.
Uno de mis más caros anhelos -como persona, como abogado y como servidor público- se ve cristalizado hoy al encontrarme en este recinto del saber. La posibilidad de penetrar a este claustro y discurrir por sus aulas, compartir con sus profesores, intercambiar con algunos estudiantes, ya era más que suficiente. Sin embargo, he sido sobrecogido con un honor insospechado: un doctorado Honoris Causa. Esto excede toda posibilidad de sueño que yo hubiese tenido.
Señor Rector:
Al encontrarme en este lugar de ciencia y del conocimiento quiero aprovechar la ocasión para hacer referencia a un tema que consideramos fundamental para el desarrollo de un país como la República Dominicana que se encuentra enclavado en América Latina.
Para nuestros pueblos, el dilema de hoy no es el de "civilización o barbarie" de que hablaban nuestros escritores desde finales del siglo pasado, o el tránsito hacia la democracia, como lo fue hace ya una década. En gran medida, los pueblos latinoamericanos hemos logrado sobrepasar las etapas de las convulsiones políticas que destrozaron por décadas toda posibilidad de paz institucional y de desarrollo democrático.
Se puede decir que en sentido general, nuestros pueblos están construyendo democracias funcionales, desarrollando instituciones políticas y creando las condiciones para que la cultura política autoritaria, primaria, aldeana, que nos caracterizó, se convierta en una cultura democrática, participativa, universal.
Este proceso corre, a pesar de sus éxitos evidentes, un grave peligro de regresión si nuestros pueblos no son capaces de convertir en patrimonio de todos los beneficios de la civilización. En una palabra, si no logramos que la justicia social sea una realidad para todos los latinoamericanos.
Por tanto, el gran reto de hoy se puede resumir en cómo lograr la equidad social en nuestros pueblos.
Una de las características más impactantes del subdesarrollo económico y social es la cohabitación de extraordinarias riquezas junto a insoportables carencias materiales. Junto al rascacielos que desafía las leyes de la gravedad y que parece querer herir al sol con la arrogancia de su altura, coexiste la casucha, la destartalada choza de aquel a quien casi se le agota la esperanza.
Así, podemos observar cómo prácticamente en la misma cuadra coexisten la moderna residencia con servicio de televisión por cable, computadoras, Internet y toda la parafernalia de aparatos eléctricos modernos, junto al arrabal donde apenas el hombre se alimenta.
¿Por cuánto tiempo podremos sostener estas realidades coexistiendo paralelamente en una simbiosis explosiva por el efecto-demostración, el lujo accesible a pocos, pero conocido por muchos?
¿Por cuánto tiempo los "enclaves de modernidad" en nuestras ciudades no desbordarán las ansias de progreso de quienes sobreviven en el arrabal?
Esta realidad demanda de una estrategia que no puede esperar las recetas milagrosas, sino el empeño formidable por cambiar las condiciones de vida de millones de seres humanos.
Ese es el desafío.
Para enfrentarlo, se pueden plantear varias vertientes que se complementan y que trataré de resumir dentro de la brevedad que necesariamente debe tener esta disertación.
En primer lugar, tiene que haber un crecimiento económico sostenido. No se puede combatir la pobreza sin riqueza. Si no existe crecimiento económico repetido año tras año, la lucha contra el desempleo, la inversión en la educación, la salud, y los servicios sociales, y la mejoría en las condiciones de vida, son quimeras irrealizables.
Bajo esa convicción, en los primeros dos años de administración hemos dedicado los presupuestos más altos en toda la historia republicana a la educación, a la salud y a los servicios sociales.
Hemos rescatado el prestigio de la enseñanza pública dotando nuestras escuelas de computadoras, de enseñanza por medio de audiovisuales y reconociendo el talento estudiantil y magisterial.
Por otra parte, el crecimiento económico requiere de políticas económicas coherentes, bien diseñadas, manejadas en forma transparente y aceptadas por la comunidad, incluyendo el liderazgo político. Se trata de actuaciones basadas en la responsabilidad gubernativa y en la ética política.
La necesidad de acuerdo sobre estas políticas requiere de actores más responsables dentro de la democracia. La democracia no es sólo la obligación de quienes ocupan funciones publicas o de elites ilustradas, sino la obra de todos y, por tanto, exige de la responsabilidad compartida de todos.
La democracia bien entendida exige el respeto entre competidores y adversarios políticos. Demanda que la separación de poderes no signifique choque de poderes. La norma en una democracia que se construye debe ser la colaboración permanente, no la estéril confrontación perpetua.
En una palabra, que el estado de derecho, que es la esencia misma de la democracia, se fundamenta en el respeto a la ley y entre los actores políticos y sociales.
En los dos años de la administración que hemos tenido el honor de presidir, hemos dado pasos agigantados en el logro de un verdadero Estado de Derecho.
Iniciamos un proceso de reforma del Estado que ha conducido a una modernización y eficientización de la Administración Pública, un aumento apreciable de los niveles de descentralización, y la vigencia de una verdadera independencia de los poderes del Estado, circunstancia reconocida hasta por los más vehementes opositores políticos.
En estos dos años, pusimos en vigencia el Consejo Nacional de la Magistratura, que seleccionó de manera transparente a los jueces de la Suprema Corte de Justicia quienes, a su vez, han escogido -sin interferencia alguna- los magistrados de los demás tribunales del orden judicial. Hoy se habla en la República Dominicana de un Poder Judicial verdaderamente independiente, un sueño de décadas en nuestro país.
Hemos abierto al mundo las puertas de la República Dominicana mostrando no solamente nuestros monumentos, ciudades y playas, sino dando pruebas también de que somos un país estable, decidido a jugar el papel que le corresponde en un mundo cada día más interdependiente, con las herramientas institucionales -democracia, libertad, estado de derecho, equidad social- que demanda la comunidad internacional de cara al nuevo milenio.
Señor Rector:
Como egresado de la Primera Universidad del Nuevo Mundo acepto con humildad el honor que me otorga la Primera Universidad de Francia, cuna de la civilización occidental. Le ruego que lleve mis expresiones de agradecimiento al Claustro de esta augusta academia por su generosidad y mi promesa de ostentarlo con honor.
Este grado honorario en Ciencias Jurídicas fortalece mi convicción sobre el papel del derecho en el logro de una sociedad más justa y humana. Creemos firmemente que no se puede construir una verdadera democracia sin vigencia plena del derecho, que es lo mismo que decir, vigencia plena del principio cardinal de la igualdad de todos ante la ley.
Le aseguro, señor Rector, que este momento y este homenaje perdurarán por siempre en el corazón de este humilde hijo de un pueblo ejemplar del Caribe.